El infinito en un junco de Irene Vallejo
Episodio 425
¿Cuántos libros crees que han sobrevivido de la Antigüedad clásica?
De todo lo que escribieron los griegos y los romanos durante más de un milenio de historia, el número exacto que llegó hasta nosotros está por debajo del uno por ciento. El noventa y nueve por ciento ha desaparecido para siempre: fuegos, inundaciones, guerras, polillas, simple desidia.
Y, sin embargo, ese puñado de textos que sobrevivió es suficiente para que dos mil años después sigamos hablando de Homero, de Platón, de Virgilio, de Séneca. Eso solo puede significar una cosa: que los libros son, al mismo tiempo, la tecnología más resistente y más frágil que ha inventado la humanidad.
Hoy hablamos de un libro que cuenta esa historia con la intensidad de un thriller y la precisión de quien ha dedicado su vida entera a los textos del mundo antiguo: El infinito en un junco, de Irene Vallejo.
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Índice de la reseña
(00:00) La fragilidad y la resistencia de los libros
(02:39) Contexto del libro
(06:27) La materia de las ideas: el junco y el pergamino
(10:46) Alejandría: el primer intento de saberlo todo
(15:26) Lo que casi se pierde
(19:37) Sócrates odiaba los libros (y tenía razón)
(24:56) Valoración del libro
(29:46) Resumen
(31:44) El siguiente libro
Recursos mencionados
El infinito en un junco de Irene Vallejo | Amazon
Reseña 18: Cómo leer un libro de Mortimer Adler y Charles van Doren | KENSO Círculo
Reseña 9: Meditaciones de Marco Aurelio | KENSO Círculo
Reseña 46: Cartas a Lucilio de Séneca | KENSO Círculo
Reseña 44: Siddhartha de Hermann Hesse | KENSO Círculo
Reseña 45: El hombre en busca de sentido de Viktor Frankl | KENSO Círculo
Reseña 1: Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva de Stephen Covey | KENSO Círculo
Reseña 6: Cómo ganar amigos e influir sobre las personas de Dale Carnegie | KENSO Círculo
Reseña 28: Pensar rápido, pensar despacio de Daniel Kahneman | KENSO Círculo
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Aviso: el transcriptor a veces no nos entiende, pero vosotros seguro que sí. Disculpa, si lees algún error en la transcripción.
Quique Gonzalo: ¿Cuántos libros crees que han sobrevivido de la antigüedad clásica? De todos los que escribieron los griegos y los romanos durante más de un milenio de historia, el número exacto que llegó hasta nosotros está por debajo del uno por ciento. El noventa y nueve por ciento ha desaparecido para siempre: fuegos, inundaciones, guerras, polillas o, simplemente, la desidia. Y, sin embargo, ese puñado de textos que sobrevivió es suficiente para que dos mil años después sigamos hablando de Homero, de Platón, de Virgilio, de Séneca. Eso solo puede significar una cosa, y es que los libros son, al mismo tiempo, la tecnología más resistente y más frágil que ha inventado la humanidad. Hoy vamos a hablar de un libro que cuenta esa historia con la intensidad de un thriller y la precisión de quien ha dedicado su vida entera a los textos del mundo antiguo.
Jeroen Sangers: Bienvenidos a un nuevo episodio de KENSO Círculo, el podcast donde descubrirás los libros para vivir la efectividad para ser más feliz. Yo soy Jeroen Sangers, aprendiz en la gestión del conocimiento.
Quique Gonzalo: Y yo soy Quique Gonzalo, aprendiz en el arte de transmitir lo que de verdad importa.
Jeroen Sangers: Ok, el libro de hoy se llama El infinito en un junco, de la filóloga y escritora española Irene Vallejo. Ha vendido más de un millón de ejemplares en España, se ha traducido a más de cuarenta idiomas y ganó el Premio Nacional de Ensayo de 2020. Pero más allá de los premios, lo que me llamó la atención de este libro es lo que le hace al lector, porque este libro cambia la relación que tienes con todos los demás libros. Para quienes seguís las Conversaciones de nuestro podcast con David Criado, sabéis que David siempre parte de los pensadores del mundo antiguo, y este libro es el contexto vivo que hay detrás de todo eso.
Quique Gonzalo: Y os podemos decir algo, y es que este libro yo creo que ha llegado a cada uno de nosotros en un momento en el que, quizá, también nos hemos acostumbrado a consumir conocimiento en pequeños fragmentos: artículos cortos, resúmenes de cinco minutos, vídeos a los que apenas les prestamos atención. Pues bien, El infinito en un junco nos obliga a parar, a sentarnos, a leer despacio y a disfrutar, y eso, antes de entrar en ningún contenido, ya es toda una experiencia en sí misma. Así que hoy no vamos a hablar solo del libro, también vamos a hacerlo de por qué los libros existen, de quiénes lo hicieron posible y de lo cerca que estuvimos de no tener ninguno.
Jeroen Sangers: Vale, vamos a dar un poco de contexto a este libro. Irene, ya hemos hablado un poco de ella, es filóloga clásica, especialista en lenguas griega y latina, y trabaja en la Universidad de Zaragoza. No es una académica que haya querido escribir un ensayo técnico sobre libros antiguos. Irene es alguien que lleva toda su vida enamorada de los textos clásicos, y que tardó casi diez años en encontrar la forma de contarlo de manera que cualquier persona pudiera disfrutarlo. Y el resultado es un libro de casi seiscientas páginas que se lee como una novela de aventuras. La estructura es muy sencilla en apariencia. Hay dos grandes patas, una dedicada a Grecia y otra a Roma, y sigue el recorrido histórico de cómo se inventaron y se extendieron los libros. Pero dentro de esta estructura, Irene mezcla sin parar el pasado y el presente, lo histórico y lo personal, la erudición y la anécdota.
Jeroen Sangers: Y esa mezcla es lo que convierte el libro en algo difícil de clasificar. No es historia, no es ensayo, no es autobiografía: es todo eso a la vez.
Quique Gonzalo: Y el propio título es una declaración de principios. El junco es el papiro, es la planta que crecía en las orillas del Nilo y cuya pulpa prensada se convirtió en el primer soporte portátil de la escritura. Un material frágil, ligero, perecedero. Lo que sucede es que en ese junco, en esa hoja delgada que se dobla con la humedad y se deshace con el tiempo, cabe el infinito. Cabe toda la filosofía de Platón, toda la poesía de Safo, las comedias de Aristófanes, los discursos de Cicerón. El título te dice, ya antes de que abras el libro, cuál es el gran tema: la victoria improbable de las ideas sobre la fragilidad del soporte que las contiene. Y también dice algo sobre para quién es este libro: es para aquellas personas con curiosidad genuina.
Quique Gonzalo: No aporta un canon de lecturas obligatorias ni un método de subrayado. No, va a aportarnos algo más complejo de encontrar, como las ganas de seguir leyendo.
Jeroen Sangers: Y eso conecta con la reseña 18 que hemos hecho en KENSO Círculo, de Cómo leer un libro, de Mortimer Adler y Charles van Doren. Porque si aquel libro te enseñaba el método, cómo leer en profundidad y sacar el máximo de cada texto, El infinito en un junco te recuerda el porqué. Por qué vale la pena el esfuerzo, por qué un libro es distinto de un artículo, de un resumen, de un podcast. E Irene no lo dice de forma explícita, pero cada página es un argumento a favor de la lectura seria, y creo que eso es lo que más me impactó desde el principio: no te predica, te seduce.
Quique Gonzalo: Yo creo que es relevante que, antes de que entremos en materia, pongamos foco en un tema, y es que El infinito en un junco contiene casi seiscientas páginas y cubre tres mil años de historia. Así que, como comprenderás, es imposible hacer justicia a todo en un episodio, en una reseña como esta. Lo que hemos elegido, entonces, son cuatro temas que nos parecieron los más fascinantes, los que más conversación han generado entre nosotros y en la comunidad: la materia de la que están hechos los libros, el sueño de Alejandría, lo que casi se pierde para siempre, y la pregunta de si la oralidad, es decir, los bardos, los rapsodas, incluso este podcast, es enemiga o aliada de la escritura. Así que, si el libro os engancha tanto como a nosotros, os animamos a leerlo entero, porque hay mucho más.
Jeroen Sangers: Efectivamente. Empezamos con el primer tema, yo creo que es el tema del material, del junco y el pergamino, la materia de las ideas. Porque antes de que existiera el papiro, los sumerios escribían sobre tablillas de arcilla, que son objetos del tamaño de un teléfono móvil, pesados, quebradizos, imposibles de transportar, y para copiar un texto extenso necesitaban docenas de tablillas. Y si se extraviaba una, pues perdías toda o parte de un relato para siempre. Era una tecnología que funcionaba, pero que tenía un límite estructural, porque no podías llevarlo contigo. El conocimiento estaba atado al lugar. Y luego llegó el papiro. Solo crecía en el delta del Nilo, en Egipto, y eso lo convirtió de inmediato en un recurso estratégico. Los faraones controlaban su producción y fijaban el precio de las ocho variedades que circulaban en el mercado, igual que hoy hacen los países productores de petróleo con el crudo.
Jeroen Sangers: El papiro era ligero, flexible, y en un solo rollo cabía una tragedia griega completa, un diálogo de Platón, un evangelio, y eso cambió todo. De repente, el conocimiento podía viajar, podía cruzar el Mediterráneo en la bodega de un barco, podía llegar a manos de alguien que vivía a miles de kilómetros del autor, y con eso las ideas se volvieron portátiles.
Quique Gonzalo: Y es entonces cuando ocurrió algo que Irene Vallejo cuenta con una ironía que te deja con la boca abierta. A mediados del siglo II antes de Cristo, en la ciudad de Pérgamo, en la actual Turquía, un rey llamado Eumenes II estaba construyendo una biblioteca para competir con la gran biblioteca de Alejandría. Reunió a los mejores intelectuales de la época, rescató y cazó talentos como lo hacen las grandes empresas tecnológicas, y su colección empezaba a ser una amenaza real para el orgullo alejandrino. Es entonces cuando Ptolomeo V, el rey de Egipto, decidió hundir al rival de la única manera posible. ¿Cómo? Cortando el suministro de papiro a Pérgamo. Sin papiro, sin libros. Sin libros, sin biblioteca. Era el embargo perfecto. Lo que sucede es que ocurrió lo contrario de lo esperado.
Quique Gonzalo: Los de Pérgamo reaccionaron perfeccionando una técnica antigua de escribir sobre pieles de animal. Las trataban con cal durante semanas, las tensaban en bastidores de madera, las raspaban hasta conseguir una superficie lisa y duradera que podía aprovecharse, de hecho, por ambas caras. ¿El resultado? Era más resistente que el papiro, más duradero, y en recuerdo de la ciudad que lo universalizó, lo llamaron pergamino. Ptolomeo, queriendo destruir a su rival, acabó provocando la revolución del soporte que cambiaría los libros para siempre.
Jeroen Sangers: Y el coste del pergamino nos dice algo brutal sobre el valor que tenían los libros antes de la imprenta. El historiador Peter Watson calculó que un libro de ciento cincuenta páginas en pergamino requería el sacrificio de entre diez y doce animales. Una biblia completa de la Edad Media podía necesitar centenares de pieles. Los monasterios compraban el ganado en vida para poder apreciar la calidad del ejemplar antes de sacrificarlo. Y hay un escriba del siglo XIII que, agobiado por la escasez de material, anotó al margen de su manuscrito: «oh, si el cielo fuera de pergamino y el mar fuera de tinta». Esa frase me parece una de las más hermosas y desgarradoras también que existen sobre el acto de escribir. Y cuando hoy abrimos un libro sin pensar dos veces, sin ningún gesto de consciencia sobre lo que tenemos en las manos, me pregunto si no hemos perdido algo de ese asombro. Porque cada soporte tiene su revolución: la arcilla, el papiro, el pergamino, el papel y la pantalla. Y cada vez que cambia el soporte, cambia también la forma en que pensamos.
Quique Gonzalo: Y esto es clave, porque imagina que tienes el poder y los recursos para hacer realidad el sueño más ambicioso de la historia. No es conquistar territorios, tampoco acumular oro ni construir el palacio más grande del mundo, sino reunir en un solo lugar todos los libros que existen. Todos, sin excepción. El conocimiento completo de la humanidad, accesible para cualquier persona que quiera consultarlo. Ese fue el sueño de Ptolomeo I, el general macedonio que heredó Egipto tras la muerte de Alejandro Magno, y que fundó en Alejandría la biblioteca más legendaria de la historia. Y cuando digo todos los libros, no es una metáfora. Irene nos cuenta que todos los barcos que llegaban al puerto de Alejandría tenían la obligación de ceder sus libros para ser copiados. Se quedaban el original y devolvían la copia al propietario. Vamos a llamarlo un robo legalizado a escala imperial, ¿no? Si alguien viajaba con textos que la biblioteca no tenía, esos textos se quedaban en Alejandría.
Quique Gonzalo: Así, la ciudad entera era una maravillosa trampa para el conocimiento.
Jeroen Sangers: Sí. No era solo una biblioteca, porque cuando hablamos de biblioteca tenemos la imagen de la biblioteca moderna de aquí. Esto, en Alejandría, era el Museo, que en griego significa templo de las musas, un centro de investigación donde convivían los mejores científicos, filósofos y poetas del mundo conocido. Allí trabajó Euclides, que sistematizó la geometría de una forma tan perfecta que sus axiomas se siguen enseñando hoy. Allí trabajó Eratóstenes, que calculó la circunferencia de la Tierra con una precisión asombrosa usando solo un palo, la sombra que proyectaba en dos ciudades distintas el mismo día, y algo de trigonometría básica. Allí también trabajó Arquímedes, que describió los principios de la palanca y el tornillo hidráulico. Por tanto, el Museo de Alejandría es, en muchos sentidos, el origen de la universidad moderna, y los libros eran el combustible de todo eso. Alejandro Magno dormía con la Ilíada bajo la almohada.
Jeroen Sangers: Marco Antonio regaló doscientos mil volúmenes a Cleopatra como ofrenda de amor. En Alejandría, los libros eran moneda de poder, objetos de deseo, instrumentos de seducción.
Quique Gonzalo: Y aquí aparece la parte que más me impactó de todo el libro, porque todos hemos oído hablar del incendio de la biblioteca de Alejandría. Es una de esas imágenes históricas que se han grabado, tatuado, en el imaginario colectivo. Porque una noche, un fuego, y todo el conocimiento del mundo antiguo se convirtió en cenizas. Un desastre único, dramático, irreversible. Pues bien, Irene desmonta ese mito con una precisión quirúrgica. No hubo un solo incendio. Hubo tres destrucciones graduales a lo largo de los siglos, cada una con sus propias causas y sus propios responsables. La biblioteca no murió en una noche, sino que fue decayendo poco a poco, perdiendo fondos, financiación, relevancia, hasta que dejó de existir de forma tan lenta que nadie supo con exactitud cuándo había ocurrido. Y es que, la verdad, es más triste que el mito, y más reconocible, porque así es como perdemos casi todas las cosas importantes en la vida: no de golpe, sino en silencio, gota a gota, mientras desviamos la mirada hacia otro lado.
Jeroen Sangers: Sí, y, sin embargo, el sueño de Alejandría no murió con la biblioteca. Seguimos intentándolo. Google aspira a digitalizar todos los libros del mundo. Wikipedia quiere reunir todo el conocimiento humano en un solo lugar de acceso libre, y quienes usamos herramientas como Notion o Tana, de gestión del conocimiento personal, o cualquier otro sistema, estamos repitiendo el mismo gesto que Ptolomeo hace dos mil trescientos años: intentar capturarlo todo, organizarlo, no dejar que se pierda. El impulso es idéntico, y el problema también. La cantidad de información que existe siempre superará nuestra capacidad de gestionarla. Alejandría fracasó no porque la quemaran, sino porque el conocimiento humano creció más deprisa que cualquier intento de contenerlo. Eso debería hacernos pensar sobre qué merece la pena guardar y qué podemos soltar.
Jeroen Sangers: Y con esto, el tercer tema que me gustaría sacar de este libro: lo que casi se pierde. Porque quiero volver al dato que mencionaste, Quique, al principio, porque yo creo que merece más atención. Menos de un uno por ciento de todo lo escrito en la antigüedad ha llegado hasta nosotros. Y eso significa que si un autor griego o romano escribía cien libros, de media sobrevive menos de uno. Esquilo escribió más de ochenta tragedias, tenemos siete. Sófocles escribió más de ciento veinte, tenemos siete. De Menandro, el comediógrafo más famoso y admirado de su época, durante siglos solo tuvimos fragmentos, citas, ecos en otros autores. Hasta que una obra completa apareció en 1905 en un vertedero de papiros en Egipto, entre basura doméstica de hace dos mil años. Y eso me parece una de las imágenes más devastadoras de todo el libro.
Jeroen Sangers: El texto más buscado de la literatura griega, conservado durante dos milenios en un basurero. Y si no lo hubieran encontrado allí, no existiría. Por tanto, la supervivencia de un libro no dependía de su calidad, sino del azar, del clima, de quién lo copiaba, de si alguien consideraba que valía la pena el precio de un pergamino nuevo.
Quique Gonzalo: Y todo esto nos lleva a una paradoja que Irene cuenta y que no puedes dejar de pensar una vez que la lees. Y es que las tablillas de arcilla de Mesopotamia, que eran el soporte más frágil imaginable, sobrevivieron gracias a los incendios, porque cuando un palacio ardía, las tablillas se cocían como en un horno de cerámica y quedaban endurecidas para siempre. El fuego, que ha sido el destructor de libros por excelencia a lo largo de la historia, en ese caso los preservó. Lo que debía destruirlos, los salvó. Y luego está Safo, la más grande poeta de la antigüedad, según los propios griegos, que la llamaban la décima musa. De su obra completa, el papa Gregorio VII ordenó quemar todos los ejemplares en el año 1073 por considerarla obscena e inmoral. Hoy solo conservamos fragmentos rescatados de citas en otros autores, de trozos de papiro encontrados por casualidad. Y entre esos fragmentos hay una línea que yo creo que nos puede tocar el alma cada vez que la leamos, y dice: «yo afirmo que alguien se acordará de nosotras».
Quique Gonzalo: Casi treinta siglos después, podemos seguir escuchando su voz.
Jeroen Sangers: Sí. Lo que me parece más perturbador es la pregunta que no podemos responder: ¿era malo lo que se perdió o simplemente tuvo mala suerte? La historia literaria que conocemos no es el resultado de una selección por méritos, porque es el resultado del azar, del poder, de los prejuicios de quienes copiaban y de quienes decidían qué copiar. Las voces que sobrevivieron son, en su gran mayoría, las voces de hombres griegos y romanos de clase alta. Las voces de las mujeres, de los esclavos, de los pueblos conquistados desaparecieron casi por completo. No porque no existieran, sino porque nadie consideró que valiera la pena conservarlas. Eso cambia la forma en que lees los clásicos. No son los mejores libros de la antigüedad, son los libros que sobrevivieron, y esa diferencia importa.
Jeroen Sangers: Hemos hablado dos veces en este podcast sobre la lectura, en los episodios 59 y 143, y siempre hablamos de leer mejor y leer más. Pero quizás la pregunta anterior es: ¿qué merece la pena leer? Resulta que el tiempo ya hizo esta selección por nosotros, de forma brutal e imperfecta. Lo que ha sobrevivido dos mil años no es garantía de calidad, pero sí es garantía de conversación, porque alguien en algún momento consideró que valía la pena copiarlo, y eso, como mínimo, merece nuestra atención.
Quique Gonzalo: Y con esto nos vamos a la parte cuarta, esa en la que se hablaba de que Sócrates odiaba los libros, y algo de razón podía tener. Porque antes de que existiera la escritura, el conocimiento vivía en la memoria de las personas, y eso nos obligaba a una disciplina que hoy nos resultaría casi inhumana. Las culturas orales entrenaban la memoria hasta el límite de sus posibilidades. Irene los llama, de hecho, en el libro, los atletas del recuerdo, porque es que no había otra opción. Si no recordábamos lo que nos iban transmitiendo, desaparecía ese legado, desaparecía para siempre. Y en ese esfuerzo por preservar el conocimiento, descubrieron algo que hoy damos por descontado, y es que el lenguaje rítmico es más fácil de recordar que la prosa, y así nació la poesía. No como expresión artística en primer lugar, sino como tecnología de almacenamiento. La propia melodía de los versos nos ayuda a reconstruir el texto cuando la memoria nos falla, porque cuando la secuencia se rompe, la propia música nos avisa.
Quique Gonzalo: Así que no es casual que en la mitología griega las musas fueran hijas de Mnemosine, la diosa de la memoria. Crear y recordar eran la misma actividad. De hecho, dos de mis libros de cabecera, la Ilíada y la Odisea, no eran solo grandes poemas. Según el filólogo Eric Havelock, eran enciclopedias orales camufladas en el relato de la guerra de Troya. Eran instrucciones de navegación, normas de agricultura, reglas de conducta social, todo aquello que una comunidad necesitaba para poder sobrevivir. Y todo ello condensado en versos que cualquier persona podía memorizar escuchando.
Jeroen Sangers: Y aquí viene el personaje más paradójico de todo el libro: Sócrates, que ya has mencionado, el mayor filósofo de la historia occidental. Y Sócrates odiaba los libros. Decía que la palabra escrita no sabía contestar las preguntas del lector, que obstaculiza el verdadero diálogo de ideas, que debilita la memoria porque la gente deja de recordar aquello que puede consultar. Pasó su vida entera merodeando por los gimnasios y el ágora de Atenas, conversando con quien quisiera detenerse, y se negó siempre a poner sus enseñanzas por escrito. Y no fue el único. Pitágoras, Diógenes, Buda, Jesús de Nazaret, todos eligieron la oralidad. Y todos ellos sabían leer y escribir. No era ignorancia, era una posición. Creían que el conocimiento verdadero solo se transmite en la conversación viva, en el intercambio directo entre personas, lo cual, dicho así, suena bastante a lo que hacemos nosotros cada semana en este podcast.
Quique Gonzalo: La verdad es que sí, y yo aquí me pongo un poquito del lado de Sócrates. Al menos, como os decía, en un pequeño porcentaje también, ¿no? Porque la oralidad yo creo que contiene algo que la escritura no puede replicar, y es la presencia. Alguien como yo, que se crió al lado de una radio, muchas horas de radio cada día, no de televisión, puedo rememorar que cuando escuchas una voz hay algo que te llega de una forma distinta. De hecho, el investigador Milman Parry, de Harvard, viajó en los años treinta a los Balcanes y encontró bardos analfabetos, bardos que eran capaces de recitar epopeyas del tamaño de la Ilíada de memoria, improvisando variaciones sobre la marcha, de la misma manera que miles de años atrás lo hacían los rapsodas griegos. Y es que la tradición oral no había muerto, solo había emigrado. Y, de hecho, cuando la Academia Sueca le dio el Nobel de Literatura a Bob Dylan, Irene lo menciona en el libro como un guiño perfecto: la institución más conservadora del mundo literario reconociendo que la poesía cantada, la palabra dicha en voz alta con música, es tan literatura como cualquier otra novela.
Quique Gonzalo: Pensemos en grandes cantautores: Sabina, Aute, Silvio. Vemos que la oralidad sigue viva, que nunca se fue.
Jeroen Sangers: Pero hay una trampa enorme en todo esto, e Irene la señala con una ironía que duele, ¿no? Nuestra imagen de la oralidad procede de los libros. Conocemos las palabras aladas de Homero a través de su contrario, las palabras inmóviles de la escritura. Sabemos lo que pensaba Sócrates porque Platón lo escribió. Si Platón hubiera sido tan principista como su maestro y también hubiera rechazado la escritura, Sócrates habría desaparecido para siempre, igual que el noventa y nueve por ciento de la antigüedad. La oralidad necesita la escritura para sobrevivir más allá de una generación, y la escritura, para no morir del aburrimiento, necesita la chispa de la conversación. Por tanto, no son enemigas, son cómplices. Y nosotros, con este podcast, que luego animamos a completar con lecturas, intentamos hacer exactamente esto.
Quique Gonzalo: Pues con esto, Jeroen, vamos llegando al final, así que nos cuentas cuál ha sido tu valoración de este libro, por favor.
Jeroen Sangers: Sí. Lo que más me gustó de este libro es la forma en que Irene convierte toda esta teoría académica en experiencia. No es un libro de historia que explica datos, sino que está muy bien contado, te da escenas, ¿no? Todo lo que he explicado aquí y muchas más historias que hay en este libro: el embargo del papiro que engendró el pergamino, el escriba medieval que anota al margen «oh, si el cielo fuera de pergamino y el mar fuera de tinta». Todas esas cosas que hemos visto son imágenes que se te quedan grabadas y que hacen que la historia se vuelva algo que puedes tocar. Y para alguien como yo, que tiende a buscar sistemas y estructuras, ese nivel de detalle concreto es lo que transforma un libro de consulta en un libro de compañía. Lo que no me acabó de convencer es la extensión: seiscientas páginas, es un tocho, es un tocho, y hay secciones, precisamente para mí, en la segunda parte sobre Roma, donde se dispersa un poco y pierdes el hilo del argumento principal. Eso sí, Irene lo escribe muy bien, es muy buena escritora, tiene una voz muy personal, y esta manera que tiene de intercalar la teoría y la historia con anécdotas, y vincularlo con el presente, pues esto yo creo que es algo que se valora mucho. Pero yo creo que con cuatrocientas páginas el libro habría ganado en fuerza lo que pierde en matices.
Jeroen Sangers: Por tanto, a mí me gusta este libro, lo he disfrutado mucho, es completamente distinto de lo que hemos leído hasta ahora, y yo le doy cuatro estrellas.
Quique Gonzalo: Pues, en mi caso, yo diría que El infinito en un junco es uno de esos libros que no se leen, se habitan. Porque Irene construye una historia de amor hacia los libros, que es a la vez una historia de amor hacia las personas que los escribieron, que los copiaron, los protegieron y los transmitieron durante milenios. Lo que podría haber sido un ensayo de erudito sobre la historia del libro antiguo se convierte, yo creo, en una meditación profunda sobre por qué los seres humanos necesitamos narrar para existir. Y lo que hace Irene es demostrar, con una erudición que, como decía Jeroen, nunca aplasta, sino que ilumina, que cada vez que alguien abre un libro está participando en el gesto más viejo y más humano que existe: el de tender la mano a través de la historia para decirle a otro: esto importa, guárdalo, transmítelo. Dicho esto, como comentaba muy bien, hay que entender que el libro viene de unos estudios que, a partir de ahí, va haciendo una tesis doctoral, y esto lo termina convirtiendo en un libro. Por lo tanto, va a exigir que el lector sea paciente. La estructura no es lineal, lo busca, porque va saltando entre Egipto, Roma imperial, el presente.
Quique Gonzalo: Va dando unos saltos que, a veces, incluso, esa libertad nos puede llegar a desorientar. Y hay pasajes donde la densidad de referencias históricas lo que hace es ralentizar el pulso narrativo. Para mí no es que sea un defecto, simplemente es una elección estética consciente por parte de Irene, pero conviene advertirlo, porque quien busque un ensayo con tesis progresiva, conclusiones nítidas, puede sentirse en algún momento a la deriva, que es lo que compartía Jeroen. Para el oyente de KENSO, yo creo que el mensaje de fondo le suena con fuerza: que las herramientas cambian, los soportes cambian, los formatos cambian, pero la necesidad humana de conectar, de transmitir y de ser escuchado no ha cambiado en tres mil años. Esto lo convierte en un libro radicalmente relevante para quienes trabajamos con personas. En mi caso, yo le voy a poner un 4,25, porque me parece, dentro de la literatura en lengua hispana, una obra maestra de escritura, de erudición humanista. Y esa parte que no llega al 5, bueno, pues, como comentaba, lo pierde en la accesibilidad estructural, que no todos los lectores van a completar el viaje cuando lo comiencen, pero los que lleguen al final yo creo que será muy difícil que olviden que lo han leído.
Jeroen Sangers: Ok. Con esto, un pequeño resumen. Si yo tuviera que resumir El infinito en un junco en una sola idea, yo diría esto: los libros son la tecnología más improbable que ha inventado la humanidad. Improbable porque el soporte siempre fue frágil, el coste siempre fue enorme y las fuerzas que querían destruirlos siempre fueron poderosas. Y, sin embargo, sobrevivieron. Gracias a escribas anónimos que copiaron en silencio, gracias a monjas que repararon agujeros en el pergamino con labores de ganchillo, gracias a bardos que memorizaron miles de versos para que no se perdieran, gracias a personas que arriesgaron su vida para sacar libros de las bibliotecas en llamas.
Jeroen Sangers: El libro no solo es un objeto, es el resultado de una cadena ininterrumpida de personas que decidieron, generación tras generación, que ciertas ideas merecían sobrevivir. Y cada libro que tienes en tu estantería es como el último eslabón de esta cadena.
Quique Gonzalo: Y la llamada a la acción de este episodio es sencilla, y es, simplemente, invitarte a que leas un clásico, uno de los que sobrevivió décadas o siglos. No porque sea obligatorio, no porque quieras presumir de cultura, sino porque alguien luchó mucho para que llegara hasta ti, y eso yo creo que merece al menos una oportunidad. En KENSO Círculo hemos reseñado varios clásicos antiguos: las Meditaciones de Marco Aurelio en la reseña 9, las Cartas a Lucilio de Séneca en la 46. Y si preferís clásicos modernos igualmente resistentes al tiempo, podemos encontrar Siddhartha, de Hermann Hesse, en la reseña 44, El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl, en la 45, Los 7 hábitos en la 1, Cómo ganar amigos e influir sobre las personas en la 6, o Pensar rápido, pensar despacio en la 28. Todos ellos han sobrevivido por algo, y es que el tiempo es el mejor filtro que existe.
Jeroen Sangers: Y ahora nos queda la última cosa, y que no lo tenemos preparado, Quique: ¿tienes alguna propuesta para el siguiente libro?
Quique Gonzalo: Siempre, Jeroen, siempre tengo libros con ganas de leer, la biblioteca alimentada en modo jardín, esperando a que florezcan, y esta es la oportunidad de movernos a un mundo más moderno. Nos vamos a acercar más al siglo XXI. Una escritora en la que tenía ganas de meterme un poquito más en profundidad, que es Brené Brown. Quizá os suene porque una de las charlas TED más vistas es suya, es una charla en la que habla de la vulnerabilidad, y el libro que vamos a leer durante este mes va a ser Los dones de la imperfección, de Brené Brown. Así que espero que disfrutemos de este libro para también, un poco, oye, sacar de dentro y pensar que no necesitamos ser perfectos. Eso sí, ahora, como siempre, os dejamos con el hábito KENSO de este episodio. Y es que, después de todo lo que hemos contado hoy, sobre libros que sobrevivieron milagros, sobre personas que dedicaron su vida a que las ideas no desaparecieran, me quedo con esto, y es: rodéate de los mejores. Algunos llevan dos mil años esperando en una estantería. Los mejores pensadores, los mejores maestros, los mejores conversadores que ha tenido la humanidad están disponibles por el precio de un libro, sin cita previa, sin lista de espera, sin que les importe si llevas pijama.
Quique Gonzalo: Así que, a por ello, te están esperando. Nos escuchamos muy pronto.
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