Sembrar futuros con Eurídice Cabañes
Episodio 433
¿Cuándo fue la última vez que compraste uvas con pepitas? Parece una pregunta de Nochevieja, pero esconde una de las ideas más inquietantes que he leído este año. Las uvas sin pepitas son más cómodas: no se atragantan. Pero una uva con semillas lleva dentro cientos de uvas futuras. La otra no lleva ninguna.
Algo parecido nos está pasando con la cabeza. Abrimos el mapa para ir a sitios que ya conocemos. Guardamos los recuerdos en una nube que no controlamos. Dejamos que la inteligencia artificial responda antes de que terminemos de formular la pregunta. Todo es más cómodo. La pregunta es si también nos está dejando sin semillas.
En KENSO hablamos cada semana de cómo usar mejor nuestro tiempo. Pero hay una pregunta previa que casi nunca nos hacemos: ¿de quién es ese tiempo? Nuestra invitada lo resume en una frase que reconocerá cualquiera que viva con la agenda desbordada: «Sin tiempo, no hay deseo. Solo hay urgencia».
Eurídice Cabañes nació en Valencia y es filósofa de la tecnología, profesora y activista. Es doctora en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid. Lleva más de quince años usando el videojuego como herramienta de transformación social, con proyectos en España y en México donde niñas y niños aprendían a programar decidiendo sus propias normas y sus propios tiempos.
Acaba de publicar en Ariel «Sembrar futuros. Una guía de resistencia para la era del algoritmo». Es un libro valiente y, a ratos, incómodo. Recorre lo que el capitalismo digital nos está quitando: la memoria, la atención, la orientación, el tiempo. Pero no se queda en el diagnóstico. Propone algo que en el mundo de la productividad suena casi a herejía: la ternura. No como fragilidad, sino como la capacidad de mirar al otro desde su vulnerabilidad y su dignidad.
Si alguna vez has sentido que trabajas más horas que nunca y aun así el tiempo no te alcanza, o que tu agenda decide por ti, esta conversación no te va a dar un truco. Te va a dar algo mejor: preguntas para recuperar tu atención, tu tiempo y tu capacidad de imaginar. Porque, como escribe Eurídice, el futuro no es lo que nos va a pasar, sino lo que vamos a hacer.
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Índice de la entrevista
(00:00) Uvas sin semillas y la pérdida de futuros
(04:10) Infancia, pausas y el valor de regalar tiempo
(07:43) Pausas, productividad y el mito del descanso útil
(12:22) Tecnologías capacitantes frente a discapacitantes
(20:34) Tecnología, crianza y el derecho a no tener móvil
(23:03) Gamestar(t): libertad infantil y aprender con deseo
(28:31) Gamificación de la vida, libertad y optimización
(41:22) Rabia justa y ternura radical
(44:02) Lo obvio, la complejidad y la rabia como motor
(47:47) Cuestionario KENSO
(52:13) Despedidas y resumen
Recursos mencionados
Sembrar futuros. Una guía de resistencia para la era del algoritmo de Eurídice Cabañes | Amazon
Deseo de ser piel roja de Miguel Morey | Amazon
La parábola del sembrador de Octavia E. Butler | Amazon
Homo ludens de Johan Huizinga | Wikipedia
Netflix’s biggest competitor? Sleep | The Guardian
Voy a celebrarlo de Lágrimas de Sangre | YouTube
¿Quién engañó a Roger Rabbit? | Wikipedia
Episodio 432: Cómo recuperar la alegría con Alfred Sonnenfeld | KENSO
Formación para empresas | KENSO
Cursos online | KENSO
Coaching personal | KENSO
Y la música de KENSO gratis para Podcasts y YouTube | Uppbeat
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Aviso: el transcriptor a veces no nos entiende, pero vosotros seguro que sí. Disculpa, si lees algún error en la transcripción.
Jeroen Sangers [00:00:06]: ¿Cuándo fue la última vez que compraste uvas con pepitas? Parece una pregunta de Nochevieja, pero esconde una de las ideas más inquietantes que he leído este año, porque las uvas sin pepitas son más cómodas, no se atragantan. Pero una uva con semillas lleva dentro cientos de uvas futuras, y la otra no lleva ninguna. Algo parecido nos está pasando con la cabeza. Abrimos el mapa para ir a sitios que ya conocemos, guardamos los recuerdos en una nube que no controlamos, y dejamos que la inteligencia artificial responda antes de que terminemos de formular la pregunta. Todo es más cómodo. Y la pregunta es si también nos está dejando sin semillas. Pues nosotros en KENSO hablamos cada semana de cómo usar mejor nuestro tiempo, pero hay una pregunta previa que casi nunca nos hacemos. ¿De quién es ese tiempo? Nuestra invitada lo resume en una frase que reconocerá cualquiera que viva con la agenda desbordada.
Jeroen Sangers [00:01:03]: Sin tiempo no hay deseo, solo hay urgencia. Pues tenemos aquí a Eurídice Cabañes, que nació en Valencia, es filósofa de la tecnología, profesora y activista. Es doctora en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid y lleva más de quince años usando el videojuego como herramienta de transformación social, con proyectos en España y México, donde niñas y niños aprendían a programar decidiendo sus propias normas y sus propios tiempos. Y acaba de publicar en Ariel el libro «Sembrar futuros. Una guía de resistencia para la era del algoritmo». Es un libro valiente y, a ratos, incómodo. Recorre lo que el capitalismo digital nos está quitando: la memoria, la atención, la orientación, el tiempo. Pero no se queda en el diagnóstico, porque propone algo que en el mundo de la productividad suena casi a herejía: la ternura. No como fragilidad, sino como la capacidad de mirar al otro desde su vulnerabilidad y su dignidad.
Jeroen Sangers [00:02:03]: Si alguna vez has sentido que trabajas más horas que nunca y aun así el tiempo no te alcanza, o que tu agenda decide por ti, esta conversación no te va a dar un truco, te va a dar algo mejor: preguntas para recuperar tu atención, tu tiempo y tu capacidad de imaginar. Porque, como escribe Eurídice, el futuro no es lo que nos va a pasar, sino lo que vamos a hacer. Bienvenidos a un nuevo episodio de KENSO, el podcast donde descubrirás cómo vivir con efectividad para ser más feliz. Yo soy Jeroen Sangers, aprendiz en darle a la pausa antes de que el juego decida por mí. Y Eurídice, bienvenida a KENSO.
Eurídice Cabañes [00:02:41]: Muchísimas gracias, es un placer estar aquí.
Jeroen Sangers [00:02:45]: Pues quiero empezar esta conversación por una voz que llegaba desde la cocina cuando eras niña. Porque hay una escena en tu libro que a mí me encantó. Explicas que jugabas con, tengo que mirar el nombre aquí, que no lo conocía, una Nimpondo, que según tú es una imitación pirata de la Nintendo, ¿no? Pero lo más importante no es este juego, sino que escribes que las partidas no terminaban cuando lo decía el juego, terminaban cuando se hacía de noche y una voz gritaba «¡a cenar!» desde la cocina, ¿no?
Eurídice Cabañes [00:03:23]: Totalmente. De hecho, es muy curioso porque estoy en la misma casa ahora mismo, donde esa voz sonaba desde la cocina, entonces casi casi que la puedo oír otra vez. Y sí es verdad que, pues, era una infancia jugando a cualquier juego que estuviéramos jugando en ese momento, a veces con mi hermano, a veces sola, y de pronto estabas llegando a un malo malísimo o en un momento muy clave de la partida y sonaba ese grito, ¿no?, «¡a cenar!», y no se podía perder la cena. Se podía perder la partida, pero la cena no. Lo bueno es que siempre estaba aquel botón de pausa y el juego, o sea, bueno, se pausa, cenas y te espera para después o para el día siguiente, o tenías la opción de guardar y continuar cuando lo decidieras. El problema es que ahora casi ningún juego se puede pausar, o muchos de los videojuegos actuales no se pueden pausar. Y no solo no se pueden pausar, pasan cosas mientras tú no estás ahí, ¿no? Entonces, la idea de que si lo abandonas puedes perderlo todo te hace tener que estar o querer estar todo el tiempo conectado.
Jeroen Sangers [00:04:31]: Y sospecho que este mecanismo, ¿no?, seguramente muchos de los oyentes lo reconocen. Lo mismo pasa con el trabajo, que no hay pausa, ¿no? Pregunta para ti, Eurídice: ¿quién grita hoy «¡a cenar!» en tu vida?
Eurídice Cabañes [00:04:46]: Hoy «¡a cenar!» pocas personas, la verdad. Normalmente me lo tengo que gritar yo a mí misma para acordarme. Pero bueno, a veces amigas, compañeras de piso, seguramente ahora mismo lo gritaría mi padre, que ahora estoy con él en el pueblo, y bueno, quizá también mi madre en algunos momentos cuando la voy a visitar, familia, muchos, muchos amigos alrededor del mundo. Creo que ese grito de «¡a cenar!» podría estarse dando en cualquier latitud y por parte de muchas personas distintas.
Jeroen Sangers [00:05:25]: ¿Y cuando te gritan «¡a cenar!», les haces caso a la primera?
Eurídice Cabañes [00:05:33]: Siempre, siempre. Creo que aprendí muy bien a respetar mucho el tiempo de los demás, porque respeto el mío, y entonces no me gusta nada hacer perder el tiempo a los demás, me siento fatal cuando algo así pasa. Y creo que es muy, muy importante, en una sociedad en la que cada vez lo que menos tenemos es tiempo, incluso menos tiempo que dinero todavía, creo que es muy, muy, muy importante darle valor al tiempo, al tiempo propio y al del resto, y sobre todo cuando se trata de un momento compartido, ¿no? Una cena no es solo alimentación, una cena es un ritual donde te pones frente al otro, donde ambos ingerís alimentos, pero también es disfrute, también es conversación, y creo que es a esas cosas a las que tenemos que darles más tiempo y quitárselo a lo demás.
Jeroen Sangers [00:06:25]: Yo creo que es interesante que le des tanta importancia al hecho del tiempo, porque a veces invertimos tiempo en cosas que aparentemente son inútiles, pero después nos dan mucho valor. Escribes que una de las cosas que más te gusta hacer es, por ejemplo, buscar tréboles de cuatro hojas, ¿no?
Eurídice Cabañes [00:06:47]: Amo buscar tréboles de cuatro hojas, me encanta, y creo que en el propio libro digo que soy muy afortunada, no porque encuentro muchos, que sí es cierto que encuentro muchos, pero soy muy afortunada porque tengo el tiempo, las ganas, algo de hierba cerca donde pueden crecer tréboles, la capacidad de observar de «ah, ahí, ahí», y el tiempo suficiente para detenerme y decidir pasar cinco o diez minutos mirando a ver si encuentro alguno, que son como mis pausas casi obligadas o autoobligadas de decir: no, aquí hay observación, aquí hay pausa, aquí hay descanso. Y además luego siempre es bonito regalar alguno.
Jeroen Sangers [00:07:21]: Yo creo que hoy en día vemos las pausas, más que nada, como un momento para recargar las pilas, como si una pausa siempre estuviera en función de la tarea que viene. Pues incluso las pausas tienen que ser utilitarias, ¿no? Y olvidamos que las pausas tienen, pues, también un valor intrínseco.
Eurídice Cabañes [00:07:40]: Creo que también ahí el mundo digital tiene mucho que ver, o sea, bueno, en general el sistema en el que estamos, porque si pensamos también en los momentos de la agricultura, mi abuela, la que me gritaba «¡a cenar!», pasó su vida en el campo, y antes, pues, en arar una tierra igual tardabas una semana. Cuando llegó el tractor, de pronto, lo podías hacer en un día, pero eso no hizo que la gente descansara el resto de la semana, sino que, al final, acabas teniendo una exigencia de mayor productividad y nuestro tiempo se acaba colonizando. Ahora lo vemos cada vez más y cada vez de una forma más catastrófica para mí, porque ya ni siquiera el ocio se separa del consumo y de la producción, ¿no? Como que el ocio muchas veces también está asociado a esta producción, donde estamos produciendo como mínimo datos. Los datos que estamos generando cuando consumimos, por ejemplo, en plataformas o cuando estamos en las redes sociales. Y creo que era el CEO de Netflix el que dijo que ellos no competían contra HBO, sino contra las horas de sueño de la gente, ¿no? O sea, como que la lucha es por hacerse con todo nuestro tiempo para que no nos quede nada. Y sobre todo también con la inteligencia artificial, con esta irrupción creciente, al final es como: bueno, la IA nos va a quitar el trabajo. Y es: bueno, ojalá, ¿no? O sea, a mí me encantaría poder dedicarme a la vida, al ocio. El problema es que no, el problema es que aumentan las exigencias de productividad, porque la IA nunca duerme, la IA puede estar funcionando veinticuatro siete, y al final te obligan a utilizarla y perder gran parte de tu proceso, que también es disfrute el proceso, ¿no? Cuando estás haciendo algo, lo estás gozando, estás haciéndolo lento y sale mejor, y salen cosas que no saldrían con la velocidad. Y así te obligan a usarla o te quedas atrás, porque no puedes alcanzar el ritmo de productividad.
Eurídice Cabañes [00:09:40]: Además, una productividad que no se ve a qué nos lleva, ¿no? Porque lo que más estamos produciendo muchas veces son contenidos fantasma, ¿no? Se habla también del dead internet, donde ya un gran porcentaje de internet son bots hablando con otros bots y contenidos generados por IA, consumidos por otras IA. Y mientras todo eso sucede, además, se están consumiendo todos los recursos bajo nuestros pies, se nos está acabando el agua, está subiendo la temperatura. Y bueno, quien haya vivido este verano creo que sabrá que no podemos seguir manteniendo esto.
Jeroen Sangers [00:10:14]: Hay una viñeta que yo tengo mucho como referencia siempre cuando pienso en la inteligencia artificial, que son dos dibujitos. Uno es un señor que está delante del ordenador y le explica a su compañero: mira, utilizo la inteligencia artificial para convertir esta frase breve en todo un correo que parece que lo he escrito yo, ¿no? Y en el otro, al otro lado, hay otra persona y dice: mira, yo utilizo la inteligencia artificial para leer todo este texto y resumirlo en una línea, para que parezca que lo he leído todo, ¿no? Yo creo que al final esto es lo que va pasando.
Eurídice Cabañes [00:10:44]: Es muy bueno, sí. Al final tenemos como una especie de interfaz máquina constante que está traduciendo y generando. Creo que, por ejemplo, para las cuestiones burocráticas va bastante bien, porque el lenguaje burocrático no nos gusta a nadie y puede funcionar bastante bien. Pero el problema no es tanto si es útil o no y en qué cosas, sino también a los intereses de quién responde y qué nos hace. Y empezabas con esta línea del libro de las uvas sin semillas, y creo que al final también, cuanto más utilizamos este tipo de tecnologías, más estamos delegando nuestra inteligencia, ¿no? Porque me gusta mucho pensar en tecnologías capacitantes. Dirás: ¿qué es una tecnología capacitante? Pienso, por ejemplo, en algo muy tonto, que son las ruedecitas de la bici. Cuando, que además por aquí aprendí yo a ir en bici también. Y cuando te ponen las ruedecitas de la bici, es para que aprendas, pues bien, el equilibrio, que estés un poco a salvo mientras entiendes cómo funciona el mecanismo, pero no están hechas para quedarse, están hechas para que, una vez ya lo entendiste, pues se quitan y aprendiste, ¿no? Mientras que ahora muchas de las tecnologías que estamos utilizando son tecnologías discapacitantes, que lo que hacen es suplir una función, y entonces la delegamos ahí. Y cualquier día, que por cierto también estaba aquí cuando sucedió el apagón, por ejemplo, cualquier día hay un apagón y hemos perdido gran parte de nuestras habilidades cognitivas porque estaban delegadas a una máquina que depende de la electricidad.
Eurídice Cabañes [00:12:18]: Ni siquiera sabríamos qué comer ni qué no comer de lo que crece aquí en el campo, o qué nos puede matar o no. Entonces, creo que es muy importante modificar esa idea y pensar en tecnologías que dejen capacidades sembradas, no uvas sin semillas.
Jeroen Sangers [00:12:36]: Lo que pasa es que siempre es difícil dividir las cosas en dos grupos, ¿no? De tecnologías capacitantes y discapacitantes. La tecnología se puede usar de diferentes maneras, ¿no? Justo has utilizado el ejemplo de las ruedecitas de la bicicleta, ¿no? Que, aparentemente, es una tecnología capacitante, pero no del todo, no del todo. Justo la semana pasada estaba leyendo un artículo sobre justo esto, sobre qué es lo más importante que necesitas aprender, y enfócate en esto, y todo lo demás será una distracción. Y hoy en día las ruedecitas de bicicleta no se utilizan tanto. ¿A qué ayudan las ruedecitas? Ayudan a que tú aprendas a pedalear. Pero la parte difícil de llevar una bicicleta no es pedalear, es mantener el equilibrio. Y, por tanto, mucho mejor que las ruedecitas es empezar con estas bicis sin pedales, en las que básicamente vas caminando, y así el niño aprende ya a mantener el equilibrio, ¿no? Por tanto, incluso en casos de una tecnología de la que decimos «esta es potenciadora, esta es una tecnología que nos ayuda», pues no necesariamente, también puede ser una distracción de lo que realmente es importante.
Eurídice Cabañes [00:13:46]: Sí, estoy muy de acuerdo. O sea, yo, por ejemplo, también menciono el caso de la ropa, no en el libro, pero otras veces hablando de tecnología, ¿no? Como que, en principio, una prenda de vestir no es buena ni mala, es algo que te pones, ¿no? Pero cuando la integras dentro de un sistema como el que tenemos, el sistema capitalista, pues acabamos con el fast fashion y desiertos llenos de microfibras y de ropa que nunca nadie jamás usó ni una sola vez. Entonces, claro, no es tanto, como tú bien dices, un tipo de tecnología u otra, sino en qué sistema se inserta y qué hace el sistema con esa tecnología. Entonces, pues eso, o sea, a mí que las máquinas me quiten el trabajo me parece muy bien, pero parece que el sistema en el que se inserta no va a permitir que seamos humanos felices disfrutando gozosos de nuestro tiempo mientras las máquinas hacen el trabajo, ¿no? Sino que, además, están tomando los trabajos más creativos, más divertidos, y nos están dejando los más pesados y los que menos apetece hacer, que se supone que deberían ser los primeros que se automatizaran.
Jeroen Sangers [00:14:52]: Hablando de la tecnología, un dato chocante sobre ti es que hasta mediados del año pasado, 2025, no tuviste móvil. Yo flipo con esto. Escribes, explicas que era una decisión personal, política, hasta que el sistema te obligó a rendirte, ¿no? Antes, si ibas a un sitio complicado, pues dibujabas la ruta en papel y la llevabas en el bolsillo, o preguntabas a la gente. Y ahora has hecho el cambio, ahora tienes móvil, y yo creo que en pocos meses todo ha cambiado, ¿no? Ahora abres el mapa incluso para rutas que conocías, empiezas a desconfiar de tu orientación y ya, por decirlo así, tienes miedo de quedarte sin batería, ¿no? Y lo has resumido todo en una frase en la que yo creo que vale la pena detenernos un momento. Escribes la frase: «siento que me arrebataron las semillas». ¿Cuál fue la primera semilla que realmente echaste en falta?
Eurídice Cabañes [00:15:51]: Creo que quizás la orientación, como eso de buscar cómo se va a un lugar y estar mirándolo constantemente en el móvil. E incluso eso, como lugares a los que ya sabía ir, buscarlo para saber exactamente cuánto tiempo voy a utilizar para ir y optimizar el tiempo que me queda, ¿no? Como que eso ya me dice: vas a tardar veintitrés minutos. Incluso jugar a ganarle el tiempo a la propia aplicación, ¿no? Como: dice que voy a tardar veintitrés minutos, pero no, voy a ir más rápido y voy a tardar menos. Y de pronto un paseo que muchas veces hacía eligiendo calles diferentes, porque sé que está más o menos por allá, pero pues hoy me apetece ir por acá, o aquí se ve que hay algo más interesante, pararme a mirar tréboles, quedarme viendo los pájaros, viendo a la gente pasar, como esa observación de un momento que era también una parte vital y de descanso y de mirar alrededor, desapareció para estar mirando el móvil, para ir a un sitio que ya sabía, para ver si le ganaba unos minutos, para ver si ganaba un tiempo que no estaba aprovechando. Y ahí creo que fue lo primero que sentí y donde me sentí más tonta, más rápido. Dije: guau, o sea, hace nada que tengo móvil y ya estoy pegadísima, ¿y sé a dónde voy y lo estoy utilizando? Creo que fue ahí. Y creo que el problema también, o sea, uno de los grandes problemas es la capacidad de observación y de contacto humano, porque, evidentemente, no tener móvil también es complicado. No solo es complicado porque sea una sociedad en la que ya todo el mundo lo tiene y se ha configurado en torno a eso, que es un problema, sino que también es complicado porque hay cosas que nos facilita. Pero creo que podría haber otras estructuras y otras formas de definir también las interfaces y las tecnologías que no nos llevaran a eso.
Eurídice Cabañes [00:17:45]: O sea, creo que, en este caso, sí es una tecnología que está muy diseñada para conseguir exactamente eso que se propone. Si te das cuenta, en los mapas, cuando haces zoom, tienes que hacer a veces mucho zoom para ver el nombre de una calle, o a veces la de al lado ya no aparece y tienes que estar buscando con qué cantidad de zoom aparece el nombre. Eso no es un fallo de diseño, sino un acierto de diseño, porque no quieren que nos aprendamos las calles, quieren que dependamos constantemente, que estemos constantemente conectados. Y bueno, ahora las demandas también que se le han hecho a Meta por generar adicción específicamente y con conciencia de que lo estaban haciendo. O bueno, todos los dispositivos también están diseñados para eso, para capturar nuestro tiempo. Entonces, creo que sí puede haber otras tecnologías no diseñadas, por lo menos, para capturar nuestro tiempo, que luego igual podemos perder el tiempo con ellas, seguro también, pero que no estén específicamente diseñadas para generarnos ciclos dopaminérgicos en el cerebro y tenernos constantemente pegados.
Jeroen Sangers [00:18:47]: No, no, completamente de acuerdo. Todavía no me hago a la idea de que hasta hace un año no tenías, porque hay una presión social enorme, y yo creo que es algo que todos los padres que tienen hijos a partir de los ocho años, yo creo que ya empieza la presión social de: mira, todos los compañeros de clase se están comunicando por WhatsApp o por lo que sea, yo soy el único niño o niña que no tiene móvil y necesito este móvil también. Yo creo que es muy difícil hoy en día vivir sin móvil.
Eurídice Cabañes [00:19:24]: Sí, yo tengo una prima con la que justo tuvimos esa conversación porque tiene ahora doce, y decía que su padre no le quería dejar tener móvil hasta que tuviera veinticinco. Y yo digo: pues yo diría que hasta los cuarenta o los sesenta o cuando fuera, porque yo noto el tiempo que me está robando, tantos momentos, desde que lo tengo. Entonces, creo que sí, que sí me parecen bonitos los padres que toman la decisión difícil de no permitir a sus hijos que tengan móvil todavía, o alargarlo lo máximo que puedan, porque también es algo difícil para los padres. Quiero decir, es muy fácil darle al niño en el carrito el teléfono, y ya sabes que va a estar entretenido y no te va a dar guerra. Y no darles un dispositivo así supone también entregarles tu tiempo, entregarles más de tu atención, buscar otro tipo de actividades, jugar juntos. Y no todo el mundo tampoco dispone de ese tiempo, porque, pues, hay situaciones también muy precarias. Entonces, me parece muy valiente y me parece muy bonito que un padre o una madre quieran así a sus hijos, con todo lo que supone que no tengan un móvil.
Jeroen Sangers [00:20:33]: Ahora me estoy dando cuenta de que alguien que nos está escuchando ahora, que no te conoce de nada, ya llevamos veinte minutos y ya vamos machacando la tecnología, ¿no? Simplemente para aclararlo: tú eres conocedora de la tecnología, no es que no utilices tecnología, todo lo contrario, has fundado incluso una empresa que utiliza la tecnología. Y una de las iniciativas, tú tienes la empresa, se llama ArsGames, ¿no? Y…
Eurídice Cabañes [00:20:55]: Sí, era una asociación.
Jeroen Sangers [00:20:59]: Ah, una asociación, no es empresa. Entonces, sí. En 2010 ya pusisteis en marcha una iniciativa que creo que es muy interesante, Gamestar(t), la «t» entre paréntesis, ¿no? Y la «t» entre paréntesis no es un adorno tipográfico, es una invitación, ¿no? Porque iba dirigida a niñas y niños de justo esta edad que hemos dicho antes, de entre ocho y dieciséis años, más o menos, que en este juego podían decidir sus normas, coordinar sus equipos, gestionar sus tiempos. Nadie les enseñaba a programar, ¿no? Y simplemente aprendían porque su juego necesitaba un dragón, por ejemplo, que escupiera fuego.
Eurídice Cabañes [00:21:39]: Justo así. Lo que hacíamos dentro de ese proyecto, que era muy bonito, y que, por cierto, el nombre lo eligieron las niñas y los niños del proyecto, que también es muy bonito. Lo que tratábamos de hacer es un poco trabajar con tecnologías, con arte, con creatividad, pero precisamente con la pregunta, ¿no? Aquí no queremos acabar con la tecnología en absoluto. Tampoco creemos en el tecnosolucionismo de Silicon Valley, de que la tecnología lo va a resolver todo, sino en los intereses de las personas que las usan. Y, en este caso, niños y niñas, lo que decidían era qué es lo que querían hacer, que esa es una libertad que, además, pocas veces se les da, ¿no? ¿Qué te apetece hacer? Y, pues, igual querían hacer una máquina del tiempo, o igual querían hacer un cargador solar para su móvil, o igual querían hacer un videojuego, lo que fuera. Lo que fuera que decidían hacer, individual o colectivamente, se decidía también todo en asamblea. Las normas mismas del espacio se decidían en asamblea, y las decidían todos los niños y niñas por consenso, no por votación, porque además siempre había un ejemplo muy, muy bonito, ¿no? Que era: es que si todos decidimos que él se tiene que quedar a recoger al final de todo, pues habremos ganado la votación, pero no será justo, ¿no? Es como que todo el mundo tiene que estar de acuerdo con las normas que hay en el equipo. Y ponían normas muy bonitas.
Eurídice Cabañes [00:23:02]: Yo recuerdo, aprendí mucho con los niños y las niñas, sobre todo también la gestión emocional. Hubo una que me encantó, que ponían: se vale enfadarse, lo que importa es lo que se hace con el enfado. O sea, como: bueno, puedes estar enfadado, pero no me rompas mi proyecto. Me pareció muy lindo eso, como que se aceptaba el enfado, pero no lo que hacías con él. Y, a partir de ahí, pues las tecnologías las usaban así: destripaban ordenadores que no servían, había también mucho reciclaje, se hacían esculturas, se hacían cortos de stop motion, se hacían un montón de proyectos, pero lo que importaba no era lo que se hacía, ¿no? O sea, no era tanto el resultado, sino todo ese proceso de tener un tiempo para pensar, la capacidad de activar el deseo, la motivación intrínseca por aprender, y decir: vale, pues yo quiero aprender esto. Y para esto, ¿qué? ¿Para hacer esto qué necesito? Aprender a programar, hacer tal, conseguir estos materiales. Y lo iban haciendo entre todos, nos íbamos poniendo de acuerdo, unos ayudaban a otros. Si había recursos limitados, había también consensos en cómo se repartían, quién podía disponer de ellos antes, después. Había gestión emocional, y las tecnologías resultantes eran resultantes de todo ese proceso, ¿no? Porque a veces nos centramos mucho en las funcionalidades que tiene algo, y creo que lo político no está solo en lo que nos permite hacer o no hacer algo, sino en todo el proceso que hay para construirlo también detrás, y en cómo se ha dado eso, si es más horizontal, menos, si requiere de sufrimiento humano para existir.
Jeroen Sangers [00:24:36]: Y, simplemente, yo veo esta situación de libertad total, en la que los niños pueden decidir ellos mismos. ¿Cómo es la cara de un niño en el instante en que descubre que realmente es libre?
Eurídice Cabañes [00:24:47]: Miedo. Yo creo que lo primero que había era miedo. Sí, varios niños nos comentaron como: cuando pude hacer cualquier cosa, me dio miedo porque no sabía qué hacer, ¿no? Como que no estamos entrenados para la libertad. Y cuando de pronto tenemos libertad, la libertad también involucra responsabilidad. Entonces: puedo hacer lo que quiera, y a ver qué decido hacer, ¿no? Entonces, lo primero era eso. Al principio también un miedo de: ¿y puedo jugar a videojuegos? Sí. ¿Seguro? Sí. Y entonces se iban como, ¿sabes?, mirando para atrás, como: en algún momento me van a pegar un grito por lo que estoy haciendo. O sea, primero un miedo de que fuera una trampa, ¿no? De que solo estuviéramos testeándolos.
Eurídice Cabañes [00:25:27]: Y luego ese miedo de no ser capaces de reconectar con su propio deseo, de la responsabilidad de tener esa libertad. Pero una vez aprendían eso, era increíble. Era muy bonito, estaban muy contentos, y cambiaban incluso sus dinámicas familiares y sus dinámicas en la escuela. Había madres y padres que nos comentaban que en las escuelas habían empezado a trabajar en equipo y que todos alucinaban con las habilidades que tenían precisamente sus hijos, que habían entrenado esa libertad y esa gestión emocional. O una vez un padre llegó y le dijo a un niño: oye, mañana vamos a ir a no sé dónde, que te encanta, y allí se hace no sé qué, y ta ta ta. Y el niño le dijo: papá, vamos a ir y a mí me gusta ir, pero quien le encanta es a ti, ¿no? Como distinguir esos matices. Y había padres que venían como medio frustrados porque decían: ahora hacemos asambleas en casa para decidirlo todo. Como que también cambiaban todas las dinámicas. Incluso había niños cuya situación familiar, en realidad, no les permitía eso, y estaban un poco frustrados porque en sus casas sabían que no eran libres, había un contexto en el que no eran libres, pero sabían que habían aprendido a serlo. Entonces, habían aprendido a serlo también y a sentirse libres, aunque el contexto a veces no lo fuera.
Eurídice Cabañes [00:26:44]: Y creo que también esa semilla de saber que hay algo en ti que tú puedes hacer y puedes querer hacer, incluso aunque un contexto determinado no te lo permita, también es muy, muy importante. Y creo que son formas también de construir una ciudadanía crítica y de educar, no para encajar dentro de este sistema que nos devora, sino para poder imaginar nuevos. Porque creo que lo que más necesitamos, aparte de tiempo (el tiempo activa el deseo, el deseo activa la imaginación), es dejar de dar por sentado que lo que hay es porque así es y así tiene que ser, y empezar a imaginar otras nuevas cosas, otras nuevas tecnologías, otras nuevas formas de estar en el mundo.
Jeroen Sangers [00:27:29]: Me parece un ejemplo fantástico, que también demuestra cómo lo que pasa en el juego se traslada a la vida diaria, a lo social, a las familias. Y esto me recuerda a una cosa que explicas en tu libro. Citas al sociólogo Daniel Muriel y su idea de, bueno, es la parte negativa, la otra cara de la medalla, ¿no? La idea de la videoludificación de lo social, ¿no? Que explica que la lógica del videojuego ha salido de la pantalla y ya organiza nuestra vida. La educación se convierte en logros por desbloquear, el trabajo en una tabla de clasificación, ¿no? El empleado del mes. En KENSO nosotros defendemos también una productividad que se construye experimentando y mejorando poco a poco. Así que esta idea nos toca de cerca, ¿no? ¿Cuál es la señal que te avisa de que has cruzado la frontera entre la mejora que te cuida y la optimización que te está consumiendo?
Eurídice Cabañes [00:28:28]: Bueno, creo que, enlazando con lo que decíamos antes, creo que es la libertad. O sea, cuando tú estás haciendo diez mil pasos al día porque te gusta caminar y eres feliz dando un paseo, pues es maravilloso. Quizás si estás obligándote a correr en una cinta de correr sin ir a ningún lado para poder hacer esos pasos, y no lo estás disfrutando, y estás pensando en qué momento se terminarán los diez mil pasos para poder volver a casa o tumbarte, pues igual ahí no eres libre, ¿no? O si de pronto sientes la ansiedad porque hoy no fuiste al gimnasio. Y pongo el gimnasio como ejemplo, pero a mí me ha pasado que, de pronto, cualquier actividad se me vuelve eso, ¿no? Como: me encantaba hacer collage. Y, de pronto, es como: ay, no he hecho collage en una semana, tengo que hacer collage. O sea, cuando pasamos del disfrute de hacer algo al «tengo que», ese es el problema, que es la pérdida de libertad. Y creo que muchas de estas aplicaciones o estos usos lo que hacen es, precisamente, eliminar el componente más primigenio y bonito del juego, que es que es libre. Ya decía Huizinga, a alguien no le puedes obligar a jugar.
Eurídice Cabañes [00:29:38]: Si te obligan a jugar, estarás fingiendo que juegas, pero no se puede, o sea, el juego es libre siempre, ¿no? Entonces, estas cosas quitan lo libre del juego y se quedan en lo accesorio, los puntos, los rankings. O sea, un juego no necesita puntos ni rankings para ser un juego, pero sí necesita ser libre y ser disfrutado. Entonces, creo que esa es la gran diferencia entre lo lúdico, el juego, y esta gamificación, o como decía Flavio Escribano, esta ludictadura donde nos están obligando a jugar, incluso sin que nosotros queramos o sin que sepamos que estamos jugando, a veces.
Jeroen Sangers [00:30:16]: Yo tengo un pequeño ranking de pasos con mi mujer y mi padre, va por semana, me parece, y lo miramos, y pues yo sé que cada semana estoy abajo. Primero, porque mi padre está jubilado y camina todos los días, y después, con mi mujer, tenemos vidas bastante similares, pero yo soy muy alto y ella es muy bajita. Por tanto, aunque caminemos la misma distancia, en los pasos yo siempre pierdo. No es tanto un ranking para ver quién gana, sino para hacer una conexión, ¿no? Y yo creo que esta es otra vez el doble sentido que hay: una técnica no es por sí misma negativa o positiva, depende de cómo la aplicas, ¿no? Y es bueno recordar que la libertad aquí es el factor clave.
Eurídice Cabañes [00:30:56]: Claro, sí, o sea, si te sientes bien haciéndolo, si eso te conecta con otros o si te conecta con tu entorno, pues está genial. Cuando te desconecta, incluso, de ti mismo, pues ahí es cuando empieza a ser el problema. Cuando te conviertes en un proyecto de ti mismo, ¿no?
Jeroen Sangers [00:31:11]: Quiero volver a un tema que has tocado antes, de que no tenemos tiempo, de que la tecnología no nos regala tiempo. Y para explicarlo, en tu libro utilizas la imagen de un tractor. Si un agricultor que labraba dos surcos al día puede trabajar todo el campo en una mañana, no pasará el resto de la semana con los suyos o leyendo una novela. Cultivará más campos. Y das un paso más, ¿no? Dices que la alienación ya no viene de un «no puedes parar» impuesto desde fuera. Viene de una voz que hemos interiorizado: «no quiero parar porque si no, no valgo». Que también tiene que ver con estos juegos de los que estamos hablando, ¿no? Tú, en tu caso, ¿cuándo fue la última vez que escuchaste esta voz?
Eurídice Cabañes [00:32:01]: La verdad que, por suerte, hace tiempo que no la escucho, porque la he ido haciendo consciente y la he ido matando. Y, además, aquí hay una trampa, que es que, curiosamente, cuando te das el tiempo de parar, cuando empiezas a hacer las cosas a tu ritmo, acabas siendo más productivo, pero precisamente porque estás muy descansado. Y digo que es una trampa porque no quiero que se entienda como «hay que descansar para ser más productivo». No, por favor, que nadie de los que estén escuchando me lo entienda así. Pero también es algo que sucede, porque al final las cosas que necesitamos, sobre todo para trabajos creativos, vienen de todos lados, y vienen de ese aburrirse que ahora no dejamos que suceda. Entonces, cuando tu cerebro está descansado, está recibiendo estímulos, está fijándose, observando cosas chiquitas de la naturaleza, de pronto los pensamientos llegan, fluyen, se conectan, y en el momento en que te sientas a trabajar, sale solo. Entonces, igual lo que antes te obligaba a estar delante del ordenador ocho horas, de pronto sale en treinta minutos, porque tu cabeza está llena de estímulos, de cosas, y está feliz y está descansada. Y entonces, por suerte, la verdad es que hace mucho, mucho que no escucho esa voz, y estoy muy, muy, muy contenta con eso. Ha sido un cambio difícil, porque yo era la más workahólica del mundo y ponía el trabajo por delante de la familia, por delante de los amigos. Y no es fácil. Desde el momento en que te das cuenta de que estás haciendo eso y no quieres hacerlo más, hasta que desaparece esa voz y lo haces sin culpa, para mí pasaron quizá quince años. O sea, es un proceso lento el desprogramarse de esta obligación interna autoimpuesta. ¿Y a ti? ¿Cuándo fue la última vez que te sonó esa voz?
Jeroen Sangers [00:33:54]: Me suena mucho todavía, mucho, mucho. A mí me suena siempre cuando estoy cansado. Cuando no he dormido bien, me levanto, empiezo a trabajar, y como estoy cansado, no pienso demasiado y digo: vale, pues voy a hacer la misma cantidad de trabajo que siempre, en lugar de bajar un poco el volumen. Y como voy más lento, noto que no avanzo tanto, y como no avanzo tanto, me salto las pausas, y acabo trabajando muchas más horas y produciendo menos. Es un efecto dominó, que es justo lo que tú dices, ¿no? Si por la mañana me doy cuenta… Últimamente estoy con mi libreta, apuntando por la mañana cómo estoy y cómo afecta esto a lo que tengo que hacer hoy, y esto me ayuda un poquito, porque si no, pues entro en esta rueda de: estoy cansado, vale, pues igual hay cosas que hacer, ¿no? Y empiezo, empiezo, y acabo trabajando más horas, con menos pausas, mucho más cansado y haciendo la mitad del trabajo de un día habitual.
Eurídice Cabañes [00:34:51]: Claro, sí, me encanta lo que has compartido del truco, como decir: ¿cómo me siento para hacer las cosas que tengo delante?, porque al final también necesitamos encontrar esos trucos, ¿no? Como esas formas. A mí me funciona mucho, yo me propuse este año, voy implementando mejoras, despertar el máximo de días posible sin despertador. Entonces, trato de, o sea, normalmente me despierto temprano, a no ser que tenga, pues, viajes o cosas así que me mareen el horario, pero yo normalmente vivo un poco con el sol, entonces me acuesto temprano y me suelo despertar al amanecer. Entonces, normalmente, cualquier cosa que sea a las nueve o a las diez, voy a llegar sin problemas, sin despertador. A veces no se puede porque tienes un viaje o lo que sea, pero solo el hecho de despertar tranquila, sin el sobresalto de que suena el despertador, y «qué tengo que hacer hoy», y ya el cortisol por las nubes, ya es un paso muy importante. Y luego, algo que he empezado a hacer también, y me lo ha recordado esto que comentas, es que en la agenda, antes ponía lo que tenía que hacer por horas, y evidentemente si, por ejemplo, tenemos una cita como la de hoy, pues hay cosas que tienen que ser a esa hora, pero si no, ahora ya no lo pongo ni en orden, como que pongo cosas que me gustaría hacer a lo largo del día, y cuando me despierto, lo primero que hago es decidir qué me apetece más, ¿no? Por dónde me apetece empezar. Y justo como jugar un poco con el deseo, con lo que hay más ganas. Evidentemente, si hay cosas que ya son urgentes, pues las tienes que priorizar, pero darte ese margen para poder decir: bueno, pues voy a empezar con esta cosita que me hace más feliz hoy. Y ya terminaste algo, y como que parece que ya estás más contento antes de seguir con la siguiente tarea.
Jeroen Sangers [00:36:33]: Me gusta todo lo que estás explicando aquí. Me viene a la cabeza el lema de los Navy SEALs de Estados Unidos. Tienen una frase que yo tengo grabada aquí, que básicamente dice: si vas lento, vas más suave, y si vas más suave, vas más rápido. Y yo creo que lo que acabas de explicar es justo esto, ¿no? Que a veces, cuando no tomas tus pausas y empiezas corriendo, pues acabas trabajando más y produciendo menos.
Eurídice Cabañes [00:36:59]: Sí, al final cualquier trabajo, por muy bonito y hermoso que sea, y aunque te encante y te guste, puede convertirse en la peor pesadilla si empiezas a pasar del disfrute a la obligación, ¿no? Y a forzarte más de lo que deberías.
Jeroen Sangers [00:37:17]: Estoy pensando, ¿por dónde continuamos? Que hay tantas cosas en este libro que me han gustado mucho…
Eurídice Cabañes [00:37:20]: Está escrito muy desde adentro. Aunque se hable de datos o cosas así, creo que es un libro muy escrito con todo el cuerpo.
Jeroen Sangers [00:37:33]: Creo que hay un punto, más o menos a mitad del libro, donde cambias de registro y nos regalas un relato. El relato de Eris, que vive en una ciudad donde todo se puntúa, ¿no? Tiene un 100 de 100 puntos en su perfil, una puntuación perfecta en su perfil ciudadano, todas las zonas desbloqueadas y acceso a los mejores servicios, aunque casi nunca los disfruta, y prefiere estar con Axel, que no tiene ningún privilegio y siempre se sale del recorrido sugerido. Y un día se abre un vórtice hacia otro mundo y Axel salta, y Eris desea cruzar con todas sus fuerzas y se pregunta a qué olerá ese aire, y se queda quieta, porque la ciudadana ideal no iba a arriesgar ni un milímetro de su perfecta puntuación. Me ha gustado mucho porque yo creo que todos podemos reconocernos en Eris.
Eurídice Cabañes [00:38:22]: Es genial que te haya gustado, porque era una apuesta muy arriesgada de pronto cortar el ensayo con una ficción, pero a mí me gusta mucho hacer estos saltos, de pronto también, de registro. Y creo que en la ficción hay algo que no hay en otras formas de no ficción, que es esta posibilidad de irnos a lo más especulativo, a lugares inventados, mágicos, sin tener que justificarlo en nada, y poder hacer este ejercicio de imaginación activa. Y sí, para mí, en realidad, eso. Muchas veces me preguntan como: ¿cómo te imaginas el mundo? O ¿cómo te imaginas el futuro? Y es horrible, y digo: bueno, en realidad hay muchos futuros posibles que están coexistiendo, ¿no? Y ya existen las semillas de esos futuros hoy, y además están imbricados, no es que haya dos separados. Y este relato es un poco tratar de visualizar eso, ¿no? Como ese mundo donde todo se cuantifica, donde la verdad es dato, donde los algoritmos nos llevan con puntos y con lugares gamificados, que es un poco el punto en el que estamos. Y también este mundo adonde se va Axel, que además es muy bonito porque cuando él llega, con su teléfono de última generación, lo ven y dicen: «ay, mira, una de esas cosas arcaicas», y él: «no, no, que es nuevo, que es de ahora». Porque las tecnologías que tienen en ese mundo al que cruza a través del vórtice, pues son hojas o cosas como orgánicas que se interconectan, que no tienen pantallas, que no tienen tornillos. Y me gustaba mucho ese ejercicio de imaginación de otras tecnologías, que para mí serían muy así, y que en ese momento de escritura del relato fue mucho antes del momento de saber que esas tecnologías eran posibles.
Eurídice Cabañes [00:40:15]: Porque más adelante en el libro, por ahí, salen varios ejemplos de tecnologías orgánicas que ya se están investigando, y que, de hecho, por una de ellas tuve que decirle a mi editora: espera, espera, espera, que acabo de encontrar un artículo y esto tiene que estar en el libro. Porque justo era la prueba, investigaciones de que ese tipo de tecnologías son posibles, ¿no? Entonces, como que primero llega la imaginación, y solo si llega la imaginación llega lo otro después. Solo si alguien decide que quizá pueda haber tecnologías sin pantallas, o sea, y dispositivos de comunicación sin cables y sin coltán, pues alguien se pone a investigar cómo hacerlo con celulosa o con el micelio del shiitake, y eso es brutal. Es tan bonito descubrir que no todo es como siempre nos han dicho que es, y que podría ser de otras maneras, que es increíble.
Jeroen Sangers [00:41:06]: Hay una palabra que ya he mencionado en la introducción, pero de la que no hemos hablado: la ternura. Escribes que la ternura no es lo contrario de la rabia. ¿Qué haces tú con la tuya?
Eurídice Cabañes [00:41:21]: Yo la mía la transformo en acción, la transformo en texto, la transformo en algo que movilice. Y creo que la ternura, especialmente en el día de hoy, surge mucho de la rabia, ¿no? O sea, creo que la ternura la vimos ayer en toda la gente que trataba de frenar un desahucio, y esa ternura partía de la rabia, de cómo se puede dejar fuera de su casa a una mujer de casi noventa años con discapacidad y que no ha dejado un solo día de pagar el alquiler, ¿no? Entonces, hay una rabia que no es la opuesta a la ternura, no es como violencia contra ositos de peluche, sino que hay una rabia que es justa, es una justa rabia, y es una justa rabia que surge desde la ternura de decir: no voy a permitir que las injusticias sucedan, no voy a permitir que a un hermano, hermana, amigo, a alguien que es como yo o que es muy diferente, le hagan algo que está mal. Y no voy a permitir que esto se lo hagan tampoco a los ecosistemas, no voy a permitir que se lo hagan a otros seres o especies que difieren mucho de mí, ¿no? Por eso también una ternura radical, que difiere de la empatía, porque a mí me decían: claro, hay que ser empático. Y digo: bueno, es que la empatía es unidireccional, ¿no? Se supone que uno es empático con el que tiene menos, con el que lo pasa mal. Mientras que la ternura es bidireccional, la ternura habla de redes de interdependencia y vulnerabilidad, y la ternura llama a la acción, porque toma esa rabia y no se queda solo en una rabia de la impotencia y la frustración, sino en una rabia que, a través de la ternura, se transforma en acción, en arropar a alguien, en pensar en formas de frenar estos problemas, ¿no? Y la ternura también es activismo. O sea, no es solo corazoncitos y cariño, es una forma de mirar el mundo y de actuar en consecuencia.
Jeroen Sangers [00:43:20]: Me gusta este énfasis en actuar, porque casi al final de tu libro escribes contra una frase que todos hemos usado alguna vez, o bastantes veces: «es complicado». Para ti se ha convertido en una coartada, ¿no? Un modo elegante de no hacer nada mientras todo está ardiendo, ¿no? Y por eso propones recuperar lo obvio, ¿no? Cualquier propuesta tecnológica, económica, cualquier propuesta institucional debe pasar por unas preguntas muy sencillas, ¿no? ¿Esto cuida o captura? ¿Repara o extrae? ¿Distribuye o concentra? Y ahí añades algo que me parece clave: que algo sea simple no quiere decir que sea fácil.
Eurídice Cabañes [00:44:02]: Sí, es curioso que hayas mencionado justo eso, porque esa parte de la escritura, ese pedazo del libro, surgió de la rabia, de una rabia muy profunda, y surgió de una rabia muy concreta en ese caso, o sea, porque alguien me había dicho: es que es más complicado de lo que crees, ¿no? Y me acordé de las otras veces que alguien me había dicho que algo era muy complicado, ¿no? Y, normalmente, cada vez que alguien decía que era muy complicado, era simplemente porque había algo que no te quería explicar, había algo que no quería hacer, ¿no? Que estaba usando la palabra como coartada. Y lo llevé a lo general: ¿y dónde escuchamos que algo es complicado? Últimamente lo escuchamos siempre como una excusa para no resolver un problema que es muy obvio. Como: ay, el conflicto entre Israel y Palestina es muy complicado. Hay algo muy obvio en la base, que es: no se masacra, no se matan niños, no se masacra a inocentes, o sea, no se mata. Entonces, ¿por qué no volvemos a enunciar lo obvio? Parece que nos están siempre distrayendo con esa idea de lo complicado, que no quiere decir que sea fácil, ni quiere decir que… o sea, las cosas simples son complejas también. Hay complejidad en todos los procesos. Lo que no hay es complicación; la complicación es la que ponen los demás para no actuar. Entonces, creo que ya estamos hartos de que nos digan que el mundo es muy complicado, que es complicado acabar con la pobreza, que es complicado hacer cosas. Como: no, a ver, enunciemos lo obvio. Y lo obvio es: no se saca a una mujer de casi noventa años con discapacidad de su casa de toda la vida; y lo obvio es: no se mata gente, no se apedrea ni se caza a personas, no se contamina el agua.
Eurídice Cabañes [00:45:45]: O sea, hay cosas que son tremendamente obvias, y creo que necesitamos volver a enunciarlas: esperen, dejen de ponerme todas estas capas de estadísticas, datos, tendencias, economía, tecnología. Hay cosas muy, muy obvias, empecemos por estas y a partir de ahí empecemos a construir. Si todo lo demás que está construido encima nos impide poder resolver estos problemas, desplacémoslo, volvamos a nombrar lo obvio y empecemos a construir desde ahí.
Jeroen Sangers [00:46:20]: Quiero dar un pequeño salto, porque hace unas semanas entrevistamos a Alfred Sonnenfeld, y Alfred nos dejó una pregunta, nos explicó una pregunta que yo quiero pasarte a ti. Alfred, a sus alumnos, siempre les pregunta: ¿cuál es el título del libro de tu vida? ¿Cuál es el tuyo?
Eurídice Cabañes [00:46:40]: Bueno, creo que el mío es «Sembrar futuros». Claro, dirás: el título del libro. Pero creo que mi vida ha sido así, como muchas veces enfrentándome a cosas que pueden ser muy complicadas, pero siempre tratando de poner semillitas aquí y allá donde pueda crecer algo, y sabiendo que no todo crece, ¿no? Pero sin dejar de sembrar, porque algo crece, y cuando crece algo es precioso.
Jeroen Sangers [00:47:09]: ¿Y qué pregunta le dejas al próximo invitado o a la próxima invitada de este podcast?
Eurídice Cabañes [00:47:18]: ¿Qué vas a hacer mañana que haga que todo tenga sentido para ti? Voy a sembrar un futurito por ahí.
Jeroen Sangers [00:47:26]: Sí, sí, sí, fantástico. Pues con esto solo nos queda el cuestionario KENSO, once preguntas rápidas. La primera pregunta que tengo es: ¿cuál es la regla de Eurídice para vivir mejor?
Eurídice Cabañes [00:47:47]: Hacer las cosas despacio, con deseo, y no dejar de jugar nunca, o sea, hacerlo todo como si fuera un juego.
Jeroen Sangers [00:47:55]: Si tuvieras que compartir una sola lección de todo lo que has vivido hasta ahora, ¿cuál sería?
Eurídice Cabañes [00:48:03]: La vulnerabilidad puede ser la mejor defensa. Antes que no mostrarle a nadie quién eres, muéstraselo a todo el mundo, porque eso atraerá a las personas que son como tú, y también verás más claro quién te quiere hacer daño desde el principio, porque se lo estarás poniendo fácil. Creo que la vulnerabilidad como escudo.
Jeroen Sangers [00:48:24]: ¿Cómo se titularía tu biografía? Que esta ya…
Eurídice Cabañes [00:48:28]: Sí, «Sembrar futuros».
Jeroen Sangers [00:48:32]: Ya lo preguntó Alfred. ¿Cuál es el libro que más veces has regalado?
Eurídice Cabañes [00:48:39]: Ay, difícil, porque regalo muchos. Mira, voy a decir uno que nunca he regalado, pero que es el que más he prestado, y que además tiene normas. Para prestarlo, para que se lo preste a alguien, tiene que abrirlo por una página al azar y esa página le tiene que decir algo que conecte con su vida. Si sucede, se lo puede llevar. No puede sacar nada de lo que hay dentro del libro, y tiene que dejar algo en el libro antes de devolverlo. Entonces, es un libro que es «Deseo de ser piel roja», de Miguel Morey, y que contiene subrayados, dibujos, pegatinas, cosas entre las páginas, y que es un libro que son muchas lecturas distintas, y me encanta.
Jeroen Sangers [00:49:16]: Me gusta la idea. ¿A quién te gustaría conocer o te hubiera gustado conocer?
Eurídice Cabañes [00:49:23]: Me hubiera encantado conocer a Octavia Butler, es de mis escritoras de ficción favoritas y escribió cosas muy, muy bonitas. Creo que es una gran sembradora de futuros, especialmente, bueno, su libro «La parábola del sembrador» me encanta, me ha influido mucho, y me encantaría poder conocerla o, simplemente, que siguiera viva y escribiendo, porque me gustaría ver qué sale más de ahí.
Jeroen Sangers [00:49:56]: ¿Qué canción subes a todo volumen para levantar el ánimo?
Eurídice Cabañes [00:50:01]: También tengo muchas, a ver cuál elijo. Bueno, creo que Lágrimas de Sangre, aunque suenan muy así, tienen muchas canciones muy bonitas, y quizá «Voy a celebrarlo». «Voy a celebrarlo», de Lágrimas de Sangre, es una canción muy bonita.
Jeroen Sangers [00:50:23]: ¿Cuál ha sido la pregunta más interesante que te han hecho?
Eurídice Cabañes [00:50:31]: Ay, esa es difícil, porque me han hecho muchas preguntas muy interesantes. Hoy un montón, por ejemplo. No te sabría decir, me he quedado en blanco. Hay muchas, demasiadas. Bueno, quizá la más útil o la más bonita, porque tiene que ver con la ternura y con saber reconocer los propios dolores.
Jeroen Sangers [00:50:58]: ¿Qué te viene a la mente cuando piensas en la felicidad?
Eurídice Cabañes [00:51:06]: Sol, agua y hacer la fotosíntesis. Creo que para mí la felicidad es como hacer la fotosíntesis. Nunca la he hecho, no sé si se puede, si la puede hacer un humano, pero creo que esa es la felicidad.
Jeroen Sangers [00:51:16]: ¿Qué película verías de nuevo cada año?
Eurídice Cabañes [00:51:24]: Hay películas que veo cada año. Bueno, creo que la que más he visto… Mira, desde niña, y la vuelvo a ver, como la que he visto desde hace más tiempo y la sigo viendo: «¿Quién engañó a Roger Rabbit?». Porque combina el mundo de ficción con el mundo humano, y me parece muy bonito y muy loco lo que sale de ahí.
Jeroen Sangers [00:51:38]: Sí, espectacular. Si tuvieras que dejar un mensaje en una cápsula del tiempo para tu yo del futuro, ¿qué te dirías?
Eurídice Cabañes [00:51:49]: Sigue confiando en que lo que te gusta hacer está bien hecho, y sigue encontrándote gente bonita por el mundo y cuidándola.
Jeroen Sangers [00:52:01]: ¿Y cómo te gustaría terminar esta entrevista?
Eurídice Cabañes [00:52:05]: Me encantaría terminarla con un abrazo, pero ahora las tecnologías no nos lo permiten.
Jeroen Sangers [00:52:13]: Aún, aún. Ya vendrá, pero no será lo mismo. Eurídice nos habló desde la misma casa donde, de niña, una voz gritaba «¡a cenar!» desde la cocina. Era la voz de su abuela, que pasó la vida en el campo. La partida de videojuegos se podía perder; la cena, no. En aquel campo, arar una tierra podía llevar una semana. Llegó el tractor y se hacía en un día, pero nadie descansó el resto de la semana, porque se cultivaron más campos. Eurídice ve lo mismo hoy con la inteligencia artificial. Ojalá nos quitara el trabajo, dice. Lo que hace es subir la exigencia, porque la máquina funciona las veinticuatro horas y el ritmo lo marca ella.
Jeroen Sangers [00:53:00]: Lo vivió en su propio cuerpo. Tras años sin móvil, en cuanto lo tuvo empezó a abrir el mapa para ir a sitios que ya conocía, solo para ganarle unos minutos a la aplicación. El paseo por calles distintas, los pájaros, los tréboles, todo desapareció. «Ahí fue donde me sentí más tonta, más rápido.» Frente a eso, propone tecnologías capacitantes, como las ruedecitas de la bici: están hechas para quitarse cuando ya aprendiste el equilibrio. Tecnologías que dejan capacidades sembradas, en lugar de uvas sin semillas. Lo aprendió también con las niñas y los niños de Gamestar(t), su proyecto en la asociación.
Jeroen Sangers [00:53:41]: Cuando por fin podían decidirlo todo, lo primero que sentían era miedo, porque no estaban entrenados para la libertad. Después escribían normas como esta: «se vale enfadarse, lo que importa es lo que se hace con el enfado». La libertad es justo lo que se pierde cuando el disfrute se convierte en «tengo que». A ella le pasó con sus collages. Porque el juego, recuerda con Huizinga, es siempre libre: si te obligan a jugar, solo finges que juegas. Ella se describe como la más workahólica del mundo. Tardó quince años en desprogramarse, y hoy apenas oye la voz que le decía que parar era perder.
Jeroen Sangers [00:54:22]: Ahora se despierta con el sol, sin despertador, y empieza el día con la tarea que más le apetece. También nos habló de la ternura, una ternura que nace de la rabia, como la de quienes intentaban frenar el desahucio de una mujer de casi noventa años. La empatía va en una sola dirección; la ternura va en las dos, porque habla de redes de interdependencia. Y nos pidió volver a enunciar lo obvio. Las cosas son complejas, pero la complicación la ponen quienes prefieren quedarse quietos. Cuando le pedimos un mensaje para su yo del futuro, lo resumió así: «Sigue confiando en que lo que te gusta hacer está bien hecho, y sigue encontrándote gente bonita por el mundo y cuidándola». Gracias, Eurídice, por recordarnos que el tractor trajo más campos en lugar de tardes libres, por enseñarnos que la mejor tecnología sabe retirarse como las ruedecitas de una bici, por contarnos que la libertad también da miedo al principio, por defender que la ternura nace de una justa rabia, por devolvernos el derecho a enunciar lo obvio y por decirnos que la felicidad se parece a hacer la fotosíntesis. ¿Y tú? ¿Quién grita hoy «¡a cenar!» en tu vida? ¿Y cuándo fue la última vez que le hiciste caso? Como siempre, terminamos con un nuevo hábito KENSO.
Jeroen Sangers [00:55:43]: Nadie encuentra tréboles con prisa. Un abrazo muy fuerte desde aquí y muchísimas gracias.
Eurídice Cabañes [00:55:50]: Un abrazo, y a seguir sembrando futuros.
Jeroen Sangers [00:55:50]: Chao.
Ya sabes suficiente.
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